Nací en agosto del 43, hijo de Pedro y Ángeles: él, natural de Vilafranca del Penedès (Barcelona), y ella, de Épila, en la ribera zaragozana del Jalón. Tenía un abuelo por una parte y una abuela por la otra, pero ninguno ejerció jamás ninguna influencia. Mi padre pintaba, doraba y policromaba imágenes. De ahí que hubiera materiales en casa.
Como hijo único de unos padres muy, muy trabajadores, campaba como pino en el monte a merced de vientos, que en Aragón llaman cierzo. Un día visité el Museo del Prado. Me impresionó. Volví varios días después, y aún más veces. El Greco, Zurbarán, Velázquez, Goya, Rubens... ¡Qué aburrimiento más bien pintado! Madrid y su gente tampoco me emocionaron mucho más. En viajes a Barcelona, mi padre me había enseñado a Mir, Rusiñol, Anglada Camarasa, Nonell y Fortuny; a la vez que el mar y una finca de los tatarabuelos. Situada a 17km de Sitges, mi padre me dijo que la finca supuestamente tenía treinta bocoyes de vino de una uva similar al xarel·lo, propia para hacer cava. No tenía escapatoria, así que decidí ser pintor y seguir con una tradición familiar ya conocida. La Zaragoza de entonces era una ciudad donde unos pocos tomaban decisiones en nombre de todos y arrastraba polvo y papeles en remolinos con la fuerza del viento. Había un pintor que daba clases de dibujo. Se trataba de un hombre que había estudiado en San Fernando de Madrid de manera brillante y realizado unos trabajos más que notables en una especie de postcubismo en un Vázquez Díaz, como otros de la época. La lejanía le llevó a amanerarse en una estupidez de truco al que llamaron figuración o neo-no-sé-qué. Todo eran artificios para sacar bonito, y sin alma. Dibujé todos los yesos griegos y romanos con aplicación y placer. Pese a que la formación en Bellas Artes de la Escuela de San Fernando en Madrid era, y es, mucho superior formalmente a la de Barcelona, me decanté por la proximidad a Europa y por tener mejor clima y mar. Aquella Barcelona estaba llena de escritores latinoamericanos, psicoanalistas argentinos, travestis y prostitutas, cuando atracaba la Sexta Flota… toda una aventura para un joven de 15 años que leía a Sartre, escuchaba a Penderecki y a Stravinski, el jazz en Jamboree y a El Gato Pérez, Peret y Los Chunguitos. Visitaba la Bodega Bohemia y El Molino, galerías de arte y, si te pagan las copas, me atrevía a aventurarme más allá de la Diagonal, donde iba la intelectualidad pija. En política, corría junto a otros delante de los grises. Los caballos me daban miedo, pero la mayoría de las veces venían en furgonetas a las que llamábamos tocineras. Algún disgusto serio. Terminamos Bellas Artes, hicimos exposiciones en galerías de prestigio, y nos dieron algún premio. Si eres pobre, en todas partes hace frío. Vendías algo como insuficiente. Decidí volver a Zaragoza, donde a veces hace mucho frío y hay niebla y otras demasiado calor. Mi regreso se debió también a una muchacha de ojos bellos y aragonesa. Zaragoza fue patria chica de Goya y de un tenor sin igual, Fleta; tiene un templo muy grande al que llaman El Pilar.
Ayer me senté en un banco en el Paseo de las Damas. Esperaba a mi señora y tenía algo de eso que llaman tiempo. Lamenté no haber traído papel y lápiz. Estaba frente a una tienda de ZARA y no tenía escapatoria a caer rendido a la belleza. Las más jóvenes se explicaban a sí mismas como podrían ser más bonitas todavía. Puse cara apropiada y traté de no dar destello alguno, mientras me interpelaba sobre lo bonita que es la vida cuando todo parece al alcance de la mano y hasta cuando ya no. Un arquitecto, artista y poeta japonés, Kenjiro Okazaki, a quien suelo seguir e incluso me suele gustar, dice en un catálogo: «Cuando no había nada, eso, en realidad lo era todo». A mí me gustaban pintores como Derain, Braque, Matisse, Cézanne y Picasso. Algún inglés neo o Gauguin, por lo estético y lo espiritual. Algunos pintores alemanes derrotados y de oído los negros naífs americanos. Había que ir a Nueva York. Mi hija mandó una limusina a recogerme al aeropuerto y entrar en la ciudad de los rascacielos. Un frío helador, gotas de hielo que te azotaban en la cara y nieve helada por todas partes. Allí se habían reunido pintores e intelectuales que se amaban entre ellos y dieron paso a un nuevo arte ajeno a cuanto yo había visto y estudiado. Y no había vuelta atrás. Jackson Pollock pintaba con lienzos en el suelo y chorreaba pintura sobre ellos. Allen Jones, Jasper Johns, Roy Lichtenstein y Andy Warhol, como lo más exquisito, junto a ese intelectual de Marcel Duchamp. Ya no era solo Esto no es una pipa de René Magritte. Era la revolución y un nuevo arte. Me gustó el Greco que hay en el Metropolitan. Regresamos a Zaragoza, donde hacíamos exposiciones: unas solo y otras, con otros. La ciudad era amable y de gente grata. Algunas exposiciones tuvieron cierto éxito, otras fueron censuradas y hasta un crítico brillante dijo no sé qué –del espacio tiempo temporal–. Un éxito de muchacho… Decidí apartarme, dejar amigos, no ir a exposiciones y que eso del arte cada vez me interesara menos. Con la entrega de un monje medieval me refugié en el estudio y pinté. Pintar, sin pausa ni desmayo, y desde la madrugada al anochecer, en privado cual monja de clausura. Solo mío y para mí. Y ahora no sé qué hacer con los cuadros acumulados, fotografiados y embalados a disposición y albur del tiempo. Dicen, y sé, que todo acaba en mercadillos de segunda mano… Un pintor madrileño los deja junto a contenedores para que si gustan los cojan. Aquí la alcaldesa pone multas cuantiosas por dejar algo fuera del contenedor, y dentro no caben.
En Zaragoza, junio de 2026
I was born in August of '43, son of Pedro and Ángeles: he, a native of Vilafranca del Penedès (Barcelona), and she, from Épila, on the Zaragozan bank of the Jalón. I had a grandfather on one side and a grandmother on the other, but neither ever exerted any influence. My father painted, gilded, and polychromed images. That's why there were materials at home.
As the only child of very, very hardworking parents, I roamed free like a pine tree on the mountain, at the mercy of the winds that in Aragón they call cierzo. One day I visited the Prado Museum. It struck me deeply. I went back several days later, and then many more times. El Greco, Zurbarán, Velázquez, Goya, Rubens... What beautifully painted tedium! Madrid and its people didn't move me much more either. On trips to Barcelona, my father had shown me Mir, Rusiñol, Anglada Camarasa, Nonell, and Fortuny; along with the sea and an estate belonging to my great-great-grandparents. Located 17km from Sitges, my father told me the estate supposedly held thirty casks of wine from a grape similar to "xarel·lo", suited for making cava. There was no escaping it, so I decided to be a painter and carry on an already well-known family tradition. The Zaragoza of that time was a city where a few made decisions on behalf of everyone, and dragged dust and papers into swirls with the force of the wind. There was a painter who gave drawing lessons. He was a man who had studied brilliantly at San Fernando in Madrid and produced more than notable work in a kind of post-cubism, in the manner of Vázquez Díaz, like others of that era. Distance had led him to become mannered, into a stupid trick they called figuration or neo-something-or-other. It was all tricks to make things come out pretty, and soulless. I drew all the Greek and Roman plaster casts with diligence and pleasure. Even though the fine arts training at the San Fernando School in Madrid was, and is, formally much superior to that of Barcelona, I opted for it for its closeness to Europe and for having better weather and the sea. That Barcelona was full of Latin American writers, Argentine psychoanalysts, transvestites and prostitutes, whenever the Sixth Fleet docked... quite an adventure for a 15-year-old who read Sartre, listened to Penderecki and Stravinsky, jazz at the Jamboree, and El Gato Pérez, Peret, and Los Chunguitos. I frequented the Bodega Bohemia and El Molino, art galleries, and, if someone was buying the drinks, I'd even dare venture beyond the Diagonal, where the posh intellectuals went. Politically, I ran along with others in front of the riot police. The horses scared me, but most of the time they came in vans we called "tocineras". Some serious trouble now and then. We finished Fine Arts, held exhibitions in prestigious galleries, and won the occasional prize. If you're poor, it's cold everywhere. You'd sell the odd piece for next to nothing. I decided to go back to Zaragoza, where sometimes it's very cold and foggy and other times far too hot. My return was also because of a girl with beautiful eyes, an Aragonese girl. Zaragoza was the hometown of Goya and of an unmatched tenor, Fleta; and it has a very large temple they call El Pilar.
Yesterday I sat on a bench on the Paseo de las Damas. I was waiting for my wife and had some of that thing they call time. I regretted not having brought paper and pencil. I was in front of a ZARA shop and had no escape from surrendering to the beauty. The youngest ones were working out for themselves how they could be even prettier still. I put on an appropriate face and tried not to let any spark show, while something in it all challenged me about how beautiful life is when everything seems within reach, and even when it no longer is. A Japanese architect, artist, and poet, Kenjiro Okazaki, whom I tend to follow and even tend to like, says in a catalogue: "When there was nothing, that, in fact, was everything." I liked painters like Derain, Braque, Matisse, Cézanne, and Picasso. The odd English neo-something, or Gauguin, for the aesthetic and the spiritual. Some defeated German painters, and, by hearsay, the American Black naïfs. One had to go to New York. My daughter sent a limousine to pick me up at the airport and bring me into the city of skyscrapers. A freezing cold, icy drops lashing your face, and frozen snow everywhere. There, painters and intellectuals had gathered who loved one another and gave rise to a new art foreign to everything I had seen and studied. And there was no turning back. Jackson Pollock painted with canvases on the floor and dripped paint over them. Allen Jones, Jasper Johns, Roy Lichtenstein, and Andy Warhol, as the most exquisite, alongside that intellectual, Marcel Duchamp. It was no longer just "This is not a pipe" by René Magritte. It was the revolution, and a new art. I liked the Greco they have at the Met. We went back to Zaragoza, where we held exhibitions: some alone, others with others. The city was kind and its people pleasant. Some exhibitions had a certain success, others were censored, and even one brilliant critic said something or other — about temporal space-time. A young man's success… I decided to withdraw, leave friends behind, stop going to exhibitions, and let that whole art business interest me less and less. With the devotion of a medieval monk, I took refuge in the studio and painted. Painting, without pause or faltering, from dawn until nightfall, in private like a cloistered nun. Mine alone and for myself. And now I don't know what to do with the accumulated paintings, photographed and packed up, left to the whim and hazard of time. They say, and I know, that it all ends up in flea markets... A painter from Madrid leaves his by the dumpsters so that whoever likes them can take them. Here the mayor hands out hefty fines for leaving anything outside the dumpster, and inside there's no room.
In Zaragoza, June 2026.
De niño me inscribieron en un gimnasio, sin saber por qué, porque nunca me gustaron las prácticas deportivas. Era el gimnasio Irisarri, de la calle Bilbao de Zaragoza. No valía para la lucha, y allí sí que había luchadores de grecorromana y boxeadores. Uno, llamado Couto, saltaba a la comba, hacía sombras y golpeaba un saco. «Ven aquí, chaval...». Había sido campeón de Aragón. Sudor húmedo y desagradable. Me regaló una entrada para un combate que resultó un cuento de esos que arreglan los promotores. Más tarde vi a Legrá y a un vasco que tumbaba a todos de un solo puñetazo. Y, más tarde, a Muhammad Ali, a Frazier, Mike Tyson, Foreman y la leyenda de Rocky Marciano, que jamás perdió un combate. Baudelaire gustó de Goya sin haber visto ningún cuadro ni grabado original. Creo que, además de poeta, fue un gran crítico de arte, que no gustaba de los temas mitológicos pintados. Creo que me hubiera gustado tomar un café con él.












Jean Genet había visitado Barcelona; conoció y recorrió Las Ramblas y el Paralelo y, con detalle, visitó Andalucía. Autor de Notre-Dame-des-Fleurs, o Nuestra Señora de las Flores. Lindsay Kemp la estrenó como una reina vestida de blanco. De su pecho quitaba pétalos de flores con lentísimos movimientos de kabuki, levitando entre la muerte, la belleza y la libertad. Uno no sabía adónde dirigir la mirada: escena y platea eran un mismo escenario icónico. Una señora le decía a su marido: ¡Pero qué tonterías son estas! No oí la respuesta. La música de Bowie me vino como del otro lado del universo, tan imprecisa que me gustó.































































Los fotógrafos dicen que el mundo cambia cuando se mira a través de un objetivo. Los pintores miramos con otros ojos en un diferente. Cierto que algunos parecen terroristas internacionales y ajustan el ojo para hacer brillar hasta el viento llenos de mojigatería artística. Una pintora brasileña, Marina Pérez Simão, hace una lectura del paisaje que me enamora. Se adentra en él y en su visión es como un gendarme, lo pone en orden en un teórico y tiene ese don de ver de pintor singular. No envidio ese éxito y sí su hacer una obra singular y original. A veces entro al estudio y me siento inútil. No termino de comprender qué papel represento. Me gusta hacer, trabajar con las manos, pintar. Solo y me debato conmigo si solo será el serrín que queda después de cortar el árbol y si estaré muy lejos de hacer un algo notable y con sentido plástico. De joven era un muchacho ilusionado, que a veces divertido o burlón paseaba sus ojos existencialistas. Corría delante de los guardias y soñaba con hacer grandes pinturas al fresco y con colores muy puros como un Fray Angélico ateo. No tengo un oficio de pintor fácil, muchas veces por perezas soy chapucero y en cuanto la idea está plasmada me desentiendo del cuadro. Hoy la mayoría de exposiciones van acompañadas de un relato, o bien del pintor o críticos dispuestos a un confuso elogio del disparate, o quizá es que me bajan las endorfinas, la dopamina y la serotonina cuando me enfrento a textos que no entiendo. Un escritor que me gusta y leo, David Grossman, en su novela Gran Cabaret describe a un hombre que andaba sobre las manos y a un juez con quien compartió adolescencia en una provincia de Israel. Desfilan recuerdos y dolor sobre un escenario. Uno mira el mundo cabeza abajo, pero la vida no acaba, sigue y el espectáculo se da,... una sala de exposiciones, un museo… poesía convertida en ayuda. Sin necesidad de nombrar a Goya constantemente. Aragón, Zaragoza dio pintores. Esa generación anterior a la mía en artistas que aprecio y que habría que rescatar o dar más aprecio sostenido. Solo me queda decir y ver un cielo perfumado bajo y sobre los tilos del paseo, que aquí fui feliz.















































La humanidad siempre utilizó y se sirvió de hombres y mujeres esclavizados. A unos los mataban con sus manos. Otros salen al amanecer y regresan, cansados, de noche. A veces los llevan en autobuses para que no pierdan el tiempo... Y lo mismo al día siguiente.





Me gusta mirar el mar, en ese silencio aburrido de las cosas, antes de suceder. El Mediterráneo es un mar envuelto en olas de camuflaje y que adivinas un interior a punto de salir. Marineros y pescadores temen tanto sus calmas como sus vientos. Saben que en un momento pueden ser traicionados. Matisse pintó un mar con levedad, como un encuentro amigo. Algún bañista en una luz de esperanza o compañía poética. Un pintor valenciano que no es Sorolla pinta los arenales y se olvida del mar. Me gusta, creo que se llama Lozano. Los ingleses pintan el mar como un incendio exaltado,... es otro marco más oceánico. Me gusta pintar el mar en un no azul. Me sorprenden cuadros de otros artistas con esos intensos... para mí es solo sueño. Me gusta más verlo al atardecer, creo que es cuando tiene intensidad más propia. A veces evoco como un ahorro de energías, para estallar al día siguiente. Un Robinson, piratas berberiscos, comerciantes fenicios, hombres de cabellos rubios o pelirrojos en saqueos y violaciones. Venecianos interesados, cruzados matamoros violentos de Dios y ahora emigrantes muertos. Algo que decir, teníamos que haber dicho y callamos; en un pueril conversar con un helado o una caña y la influencia del mar... uno feliz.


























¡Qué maravilla, qué sutileza, qué ternuras, qué ganas de amar! ¿Qué amante se une al viento del amor?... El xaloc, leveche, solano, cierzo, abrego, poniente, tramontana, bochorno... lo turbio, lo asfixiante y el asesinato como ruptura. No más salida... Los hipopótamos se cocieron en sus tanques. Una famosa novela de cenizas, volcanes, Nápoles, El Vesubio, America y americanos... novela y filme del circulo Beat... Aquí en casa. Una bofetada a tiempo, y se guardará. Ser amado y respetado como única opción. Soy el hombre de la casa y aquí mando yo. «Tengo un oasis, abogados y me importa un pito el divorcio y sus juezas dolidas». Le di lo que se merecia. Esto no podia quedar asi. Es mía y si le conquistaron el corazón, le voy a dar corazón en la entrada del cementerio... y si duele le pongo esta cumbia Amor a la fuga... si duele tanto que se acabe el mundo.













Quizá pareciera o fue pintado y descrito como un lugar alegre y feliz. Un lugar donde se reconstruyera la trama de la vida entre jardines, templos con sacerdotisas núbiles, árboles con manzanas de oro y dioses en complacientes intercambios con humanos. Un lugar no exento de pasiones caprichosas. Una especie de bar de alterne mejicano. Un montón de pintores encontraron en él inspiración y motivo para decorar salones con escenas amables en un intercambio de truhanes con la sociedad rica en poder y en bellezas asequibles. Baudelaire, que además de poeta fue un fino crítico de arte, denostaba tales pinturas y animaba y ponía ejemplo en Goya. Cierto que jamás vio un cuadro, un grabado, un dibujo, una copia. La crítica siempre fue oeste americano ir con escopeta y revolver al cinto obligado si quieres prestigio. Hombres hercúleos, pastorcillas vestidas con sandalias con rebaños de cabras sienten el refulgente oro de dientes divinos y dan a luz a héroes mitad dioses, mitad humanos en ese complaciente intercambio. La humanidad siempre tuvo contacto o noticia de las divinidades, estas gustan aparecer con predilección a niñas y niños analfabetos, a santos anacoretas y conductores de tranvía. Ahora se pintan cosas más rebuscadas y hace falta crítico al lado que acompañe y despeje en un harto de cañas ese otro Olimpo de artista contemporáneo.






















En Bellas Artes de Barcelona íbamos a clase de paisaje al parque de la Ciudadela. La tradición paisajista catalana es de pincelada corta para el follaje y amplia para el celaje colorista. Había muchas galerías que exponían cuadros de paisaje. La más representativa de esa tradición, la sala Parés, solía poner debajo del nombre del artista: Pintor paisajista... Es común, o debería serlo, el suicidio; muy común, o casi obligatorio. Hoy algunos pintores utilizan trepas y estarcidos para pintar las hojas de arbustos o árboles. En el Renacimiento se las inventaban, y quedaban bonitas. Ya apenas se ven pintores domingueros cargados de lienzos y caballetes plegables.


































En unas vacaciones, cuatro compañeros amigos decidimos ir a pintar paisaje. Uno tenía casa en Amer, un pueblecito de la comarca de La Garrotxa, en Gerona, todo un parque volcánico que contó con más de cuarenta volcanes ya apagados hace siglos. Es un paisaje de gargantas y roca negra, construido sobre coladas de lava. Los volcanes suelen tener una propia física. Los hay de solo humo áspero, otros incluyen fuegos de artificio y expulsiones matéricas y los más un derramarse de materias incandescentes tranquilas o virulentas. Los que viven cerca hablan y cuentan de un temblor, de algo que sacude una tensión de la tierra y sobre todo de un sonido, una especie de grito callado un laaaaaaaaaaa que te eriza el cabello. El volcán tiene un poder aristocrático. No se ve pero algunos lo vemos detrás en un invisible en el cine de un Vittorio De Sica, de Fellini, Rossellini y de un Eduardo De Filippo. Recuerdo un documental en que tanques norteamericanos en la segunda guerra mundial aparecen bajo gruesas capas de ceniza volcánica... todo un imaginario. Gauguin, además de contraer o contagiar enfermedades vergonzantes, pintó pieles que parecen ceniza o teñidas por volcán. Mujeres bellas de cuerpos diferentes. Nadie compró un cuadro suyo en la isla y eso y ahora viven y venden reproducciones baratas a los turistas... cosas significantes. Hoy tenemos crematorios donde incinerar cuerpos y dar ceniza a los familiares. Un destino que no quisiera, creo que el esqueleto es la parte más noble del ser humano.









Recuerdo una conversación con una excelente pintora de Huesca, hoy afincada en Barcelona sobre los ángeles de esa película, El cielo sobre Berlín, de Wim Wenders, invisibles para todos menos los niños. A uno le gustaba el café caliente. Mi padre me decía que los ángeles se representan con alas según su majestad. La iglesia en eso es sutil, es acorde a su majestad divina. Unos con seis alas, otros con cuatro y otros con dos. Y como sea su poder en esa concepción vital del universo cristiano. Hay que tomarse el trabajo de mirar si están entrelazadas, son únicas o anudadas juntas. Es todo un mirar, los colores deben de ser puros porque no estamos hablando de hombres sino de ángeles.




Siento mi cuerpo como si le hubieran añadido escayola en capas, o hubiera dormido en la madriguera de otra criatura con un cuerpo muy diferente al mío. Músculos ya insignificantes y doloridos. Hablar de lo hecho sería un decir desnudo de argumento, o solo un decir con el riesgo de querer embaucar, o parecerlo. Mejor hablar de lo no hecho. Desde niño deseé ir a África; soñé con ella y con eso. Bajar, embarcado, el río Congo; visitar el delta del Okavango... Ver jirafas de cuello extendido, oír en la noche el rugido del león o esa resonancia del tórax de un gorila de espalda plateada y a Su Majestad, el rinoceronte que pintó Dalí; y esos hombres pequeñitos y discutidores que llaman pigmeos, junto a la majestad de los cuerpos de otros africanos, llenos de belleza negra, o muy negra. Nada de eso hoy va a poder ser. Lo demoré como un postre final y la salud me jugó un fastidio, o un no poder ser. Seguiremos pintando, lo más lejos de Ingres, en un «como podamos»... Pintar tiene virtudes que rejuvenecen y son como compañías que se acurrucan a tu lado. Unas veces sientes el abrazo de un oso enemigo y otras, un dulce beso al despertar. Y siempre un «no pares hasta que lo consiga». Nada es tan bonito como una primavera.







Un beso así, porque sí, y nada más. Proporciona muchas claves fundamentales del mundo del arte y su universo.
Descansar, volver a casa y sonreír. Ya no hay pesares, ni dolor. No tienes que ni por qué disculparte. No hiciste daño, solo un poco irreverente.
